El Ayaymama es el nombre de una leyenda amazónica que narra el origen del ave nocturna conocida científicamente como Nyctibius griseus.
Origen[]
Primeramente, hay que saber que esta ave habita en los bosques abiertos de la Amazonía hasta parte de América Central, lo que ha dado lugar a una variedad de nombres populares y leyendas en el folclor de cada región de cada país, como Pájaro Estaca (Ecuador), Pájaro Bruja (Colombia), Serenera (Tabasco, México), Kakuy (Argentina) y Guajojó (Bolivia) o Urutaú (Paraguay).
Entre sus múltiples denominaciones se encuentran: Ayaymama, conocido así en Perú debido a su canto que imita el lamento: "¡Ay, ay, mamá!", dando a la vez origen a la leyenda.
Leyenda[]
Hay dos versiones de la historia que involucran a la ave.
Libro "Mitos, leyendas y cuentos peruanos" (1947)[]
En el libro «Mitos, leyendas y cuentos peruanos» de José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos, se encuentra esta adaptación de la leyenda titulada «Ayamaman».[1]
La historia relata que en las noches oscuras, unos pajarillos en la selva amazónica cantan Ayamamay, wischusqam kaniku! («¡Madrecita muerta, estamos perdidos!»), donde los lugareños cuentan esos pájaros fueron antes dos niños: un varoncito y una mujercita. Tras la muerte de su madre, su padre volvió a casarse y cayó bajo el dominio de su nueva esposa, una madrastra cruel que odiaba a los niños y los obligaba a trabajos excesivos. La situación empeoró al nacer el hijo de la nueva pareja, momento en que la madrastra convenció al padre de abandonar a los "haraganes" para aliviar su pobreza.
En un primer intento de abandono en la selva, el hijo mayor, que había oído el plan, pudo guiar a su hermana de vuelta a casa siguiendo un rastro de granos de maíz que había esparcido. La madrastra, al verlos regresar, se enfureció y exigió a su marido que los llevara aún más lejos. Por segunda vez, el padre los engañó y los dejó en la espesura. Sin embargo, en un giro sobrenatural, la naturaleza se apiadó de ellos: fieras salvajes los ignoraron, y monos y guacamayos les arrojaron frutos maduros.
Al caer la noche, una figura angelical se les apareció en sueños y, para evitarles más sufrimiento, los cuidó y transformó en pajarillos. Ya convertidos en aves, volaron de regreso a su antigua casa, posándose en el techo para entonar su triste canto: Ayamamay, maypitaq kachkanki?! («Madrecita muerta, ¡¿en dónde estás?!»). Aunque el padre, arrepentido, les pidió que se acercaran, los pajarillos no encontraron a su madre y se alejaron para siempre, regresando a la selva. El padre se quedó sollozando, consciente de que había perdido a sus hijos.[2]