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Leche de Mipalo


La Historia de Hércules

(Mito griego) Versión de Mario Meunier

(Fragmento)
Un día Zeus, el padre omnipotente de los dioses, compadecido ante los males que atormentaban a los infortunados mortales, dijo luego de reflexionar: 
—Voy a engendrar, para ventura de los hombres y de los dioses, a un héroe magnífico, inigualado. Él será el protector de todos frente a los peligros que continuamente los amenazan. Su fuerza excepcional y sus heroicas virtudes serán la salvaguardia del mundo. 
Dicho esto, descendió Zeus una noche a la ciudad de Tebas. Allí, en magnífico palacio, habitaba la reina Alcmena, que descollaba entre todas las mujeres fértiles por la belleza de sus ojos y la nobleza de su elevada estatura. Su esposo, el rey Anfitrión, se encontraba ausente debido a la guerra. Entonces Zeus, para lograr acercarse a Alcmena sin despertar sospechas, tomó los rasgos del propio Anfitrión y como tal se presentó ante el portero de palacio. Los criados, convencidos de que veían nuevamente a su amo, acudieron a recibirlo a toda prisa, lo rodearon y sin demora le allanaron el camino hacia las habitaciones de su real esposa. Y en el abrazo de esa misma noche la reina Alcmena concibió del soberano del Olimpo, y sin haberlo reconocido, a quien sería el poderoso Hércules. 
Pero desde el instante mismo de su nacimiento, el futuro héroe atrajo sobre sí el odio de Hera, la esposa de Zeus. En efecto, apenas el niño hubo salido de las entrañas de su madre, la reina de los dioses, aprovechando las tinieblas de una noche especialmente oscura, envió al palacio de Alcmena a dos feroces serpientes. Todo el mundo se hallaba, al igual que el niño, sumido en un profundo sueño. Penetraron los reptiles en silencio por la puerta abierta de la habitación y deslizaron sus formas horribles y sinuosas, a la luz del fuego de sus propios ojos, hasta llegar al escudo que servía de cuna al divino infante. Los dos monstruos, silbando, se disponían a clavar sus colmillos envenenados en el rostro del niño para luego ahogarlo con sus anillos. Pero este, despertándose de pronto, atrapó con sus manos a las dos espantosas serpientes, y con tal fuerza apretó las gargantas henchidas de veneno, que las estranguló a ambas a la vez. 
Esa fue la primera hazaña de este héroe extraordinario. Considerado hijo de Anfitrión, crecía día a día el vástago de Zeus y de Alcmena, gracias a los cuidados amorosos de su madre, como un hermoso árbol que se yergue saludable en medio del huerto florido.
También Zeus, como un padre cuidadoso, velaba por él desde la cumbre del sagrado monte Olimpo. Un día el padre de los dioses se propuso otorgarle a este hijo el don de la inmortalidad y el vigor sin límite propio de los dioses. Para ello tuvo la idea de obligar a una gran diosa a amamantarlo y con tal fin envió a Hermes, mensajero del Olimpo, a buscar a la criatura. Cuando volvió con ella el dios alado, Zeus tomó al niño y lo acercó sigilosamente a los pechos de la propia Hera, que en aquel momento dormía. El recién nacido prendió su boca a los blancos pechos de la diosa y mamó abundantemente. Una vez saciado, se volvió y sonrió a su padre. Pero había sorbido y chupado con tal fuerza, que la leche de Hera continuó fluyendo: las blancas gotas que salpicaron la superficie del cielo dieron lugar a la Vía Láctea, y las que descendieron hasta la tierra dieron origen a los grandes lirios.
Cuando sus años lo aconsejaron, su madre Alcmena se preocupó de proporcionarle una educación esmerada y completa. Lino, hijo del hermoso Apolo, le enseñó la ciencia de las letras; Eumolpo lo adiestró en el arte de modular la voz y de cantar paseando los dedos por las cuerdas sonoras de la armoniosa lira; Eurito, en fin, le enseñó el arte de tender hábilmente el arco y de dar en el blanco con una flecha certera. Pero fue durante tan magnífica educación que el poderoso Hércules, cuyo ánimo era intrépido y generoso, pero irascible en ocasiones, se hizo por primera vez culpable de una muerte involuntaria. Un día Lino, su maestro de letras, decidió poner a prueba la sabiduría de su joven discípulo y lo conminó a escoger, entre un conjunto de volúmenes, aquel libro que prefiriese. Hércules era un notable glotón desde su nacimiento, un gran comedor —tan voraz llegaría a ser su apetito que, ya mayor, habría de engullir sin arrugarse bueyes enteros—, y por tanto eligió sin demora un tratado cuyo título era El perfecto cocinero. Irritado por semejante elección, Lino criticó ácidamente la desmedida voracidad que atormentaba a su discípulo y llegó incluso a amenazarlo, alzando su mano por lo que consideraba una conducta grosera e indigna del futuro héroe.
Hércules, sintiéndose agredido y creyendo actuar en legítima defensa, y presa a la vez de una cólera tan súbita y violenta como incontrolable, tomó una cítara —el primer objeto que vio a mano— y rompió el instrumento en la cabeza de su maestro, causándole una muerte instantánea. Para castigarlo por semejante crimen, Anfitrión envió a Hércules a vivir entre los pastores que guardaban sus numerosos rebaños en lo alto de las montañas. Allí, los continuos ejercicios de la caza desarrollaron su cuerpo adolescente y les confirieron a sus flexibles miembros una fuerza aún más prodigiosa. Es así como, con tan sólo dieciocho años de edad, Hércules mató con sus propias manos a un león que asolaba la comarca. 
Al volver de su gloriosa cacería, Hércules se encontró con los heraldos que, procedentes de Orcómenes, venían a reclamar de los tebanos un tributo de cien bueyes, instituido como reparación por un antiguo delito. Sin vacilar, los atacó el hijo de Alcmena. Les cortó la nariz y las orejas, les ató las manos a la espalda y los envió de vuelta a su país, no sin antes decirles que ese era el pago del tributo. Ergino, rey de Orcómenes, al enterarse de lo sucedido, armó un ejército y marchó contra Tebas. Pero Hércules, vistiendo la armadura que le regalara la diosa Atenea, se puso a la cabeza del ardoroso grupo de guerreros tebanos y, desviando el curso de un río, ahogó en una llanura a la caballería enemiga, y luego persiguió a Ergino hasta matarlo a flechazos.
Tomado de: https://curriculumnacional.mineduc.cl/614/articles-23959_recurso_pdf.pdf

Vocabulario
Omnipotente: Que está dotado de gran poder e influencia.
Descollaba: Sobresalía.
Allanaron: quitaron los obstáculos.
Henchidas: Llenas.
Vástago: Hijo.
Yergue: Levanta.
Cítara: Instrumento musical de cuerda, formado por una caja plana con una serie de cuerdas tendidas horizontalmente que pueden tocarse pulsándolas, o haciéndolas vibrar por medio del aire.
Heraldos: Mensajeros.
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