El Condenado, también conocido como la Condenada o los Condenados, es uno de los mitos más inquietantes del imaginario andino. Se trata del espíritu de un pecador que, ya sea hombre o mujer, después de la muerte no encuentra descanso y regresa al mundo de los vivos. A diferencia del ‘zombi’ de la tradición occidental, el condenado conserva la capacidad de comunicarse e interactuar con las personas. [1]
En muchos relatos de la tradición oral andina, esta figura simboliza el castigo divino impune: un castigo que lo condena a deambular entre los vivos sin descanso.[2]
Representación[]
Se le describe con múltiples rasgos aterradores que varían según la región, pero generalmente es como un esqueleto, casi como un cadáver putrefacto, encadenado, rodeado de moscas, a veces con olor nauseabundo a carne en descomposición; en otros relatos más humanos, puede disfrazarse, pero su piel se va desprendiendo a pedazos mientras camina.
Con respecto a su vestimenta, se menciona que lleva un sayal, una túnica de tela áspera y oscura que antiguamente era utilizada por campesinos o en contextos religiosos como símbolo de penitencia y humildad forzada, pero por lo general, también visten las mismas ropas que usaban en vida, lo que refuerza la idea de que regresan del más allá conservando su apariencia terrenal.[3]
Variaciones[]
En algunas versiones, se cuenta que el condenado lleva una soga al cuello. En otras, se le atribuye un cactus espinoso en un pie y una piedra en el otro, o incluso con los dos pies encadenados, mientras otros aseguran que posee la facultad de transformarse en animales, como un perro rojo o un burro.
Interacciones[]
Los ancianos suelen relatar que este ser es capaz de interactuar con las personas, llegando incluso a pedir alimentos. rechazando aquellos que se encuentran cocidos, pues solo acepta los que están crudos.[4] Aun así, el sufrimiento que cargan es tanta que la condena los sujeta eternamente a un deseo voraz que nunca podrá ser saciado, provocando gradualmente una frustración que los llena de ira, convirtiéndolos en seres que atacan de manera indiscriminada a cualquiera que tenga la mala fortuna de cruzarse en su camino. Ni siquiera los animales se salvan de su furia, pues la inocencia no representa una garantía de protección frente a estas temidas apariciones.[5]